Los papeles póstumos del club Pickwick
La mayoría de nosotros, al oír tan sólo mencionar a Charles Dickens, nos imaginamos voluminosas obras, que bien pudieran ser utilizadas tanto como alzas como arma homicida, que contienen épicas tragedias de niños pobres en la Inglaterra victoriana y pre-industrial. Y, a grandes rasgos, estamos en lo cierto, pero esta es la honrosa excepción que nos permite descubrir a un Dickens desconocido para el amplio público: socarrón, irónico, irreverente con las clases altas, que juguetea con las situaciones…
Empecemos por el principio.
El club Pickwick es una asociación de maduritos solterones y aburguesados ingleses (en su mayoría, pues hay algún miembro más joven) que se reúnen en torno al miembro fundador y que da nombre al mismo, el Sr. Pickwick. Es este un personaje singular, de gran corazón y mayor ingenuidad que pronto se califica de entrañable. Estos buenos y aburridos señores tienen un interés cuasicientífico en las curiosidades que a su alrededor acontecen y, para su buen estudio, se dedican a viajar a los más bellos parajes de su país dejando amigos en cada pueblo.
Esto, que bien puede parecer una promesa argumental más bien endeble, se desarrolla de tal modo y con tal pericia narrativa, que una sonrisa perenne se instala en el rostro del lector hasta que se escapa alguna que otra carcajada. Y todo esto con un recurso que reivindica y ensalza a la vez esta maestría, la ironía socarrona, aquella que cuestiona la acción desde el primer momento, ese narrador que dice una cosa pero nos muestra claramente o nos deja entrever otra…
También se muestra el jóven Dickens (esta es su primera obra importante, la que lo lanzó al estrellato literario) como el gran paisajista que luego confirmó ser, tanto del paisaje exterior como del interior. Del exterior, aún siendo notables los capítulos que transcurren y nos muestran la campiña inglesa, su talento alza el vuelo cuando nos describe el mundo de los abogados, de los jueces y, finalmente, de la prisión. Entornos éstos por los que mostrará preferencia al concederles gran importancia en posteriores obras como David Copperfield y Oliver Twist, en las que narra, de modo indirecto, su penosa infancia.
También entorno al alma, el retrato se antoja más perfilado en el vil que en el noble, aunque la galería de éstos últimos es muy amplia en este libro. El Sr. Pickwick, su criado Sam con su divertida jerga social, el pícaro Jingle… todos ellos nos serán tan próximos como nuestra misma mano al acabar de disfrutar de la obra.
Esta lección de buena y gran literatura nos la da el autor inglés siguiendo los pasos de un gigante, Cervantes, pues en su obra se respira un ambiente quijotesco tanto en lo formal como en lo moral.
La misma estructura de la obra, debida a su formato de folletín periódico, propicia esta similitud; la inclusión de historias totalmente ajenas la los protagonistas refuerza esta impresión de deuda. Y no sólo la estructura, el humor soterrado, la crítica mediante la sátira, la necesidad de un contrapunto a un protagonista, un escudero vaya, un Sancho que se torna Sam Weller y que, a diferencia del antihéroe cervantesco, tiene una actitud más liberal y divertida ante la vida y el amor…
En fín, un gran divertimento. Disfrutadlo.
Comentarios
Añadir comentario
Para añadir comentarios, necesitas estar registrado e identificado.





