Tokio Blues
Toru Watanabe es un adolescente con más conocidos muertos que vivos. Su mejor amigo, Kizuki, se mató a los diecisiete años sin dejar ningún tipo de explicación dejándolo sólo y confuso. La novia de Kizuku, Naoko, se convierte en el gran amor de Toru y espera poder vivir su historia con ella, pero ella sufre unos desórdenes psicológicos que hacen imposible una relación. Toru, sumido en la pesadumbre y la soledad del seguir adelante aunque no tengas claro el sentido, va cuidando de ella hasta que aparece Midore, una compañera de facultad que, pese a haber vivido acontecimientos trágicos, se empeña en poner a la vida su mejor cara.
Tokio Blues es un libro con el que se disfruta del arte de narrar historias. Con una prosa directa, al estilo americano, Murakami va desgranando con maestría las diferentes historias que la componen a la vez que retrata no sólo a los personajes, sino a sus almas, otra muestra más del grandioso buen hacer del autor.
Especialmente brillante es el retrato del personaje de Midori, lleno de vida y de frescura.
Otro detalle portentoso de esta obra es la sinceridad de la misma, de los personajes, de dónde provienen, de los que los anima. A ratos, un eco a Paul Auster resuena en las páginas del libro, sobretodo en las últimas. El arte de encastar historias dentro de historias, de “mosaiquizar” la literatura, está muy presente.
Incluso el recurso Austeriano por excelencia, la pérdida que da sentido a un descubrimiento mayor y personal, está presente.
Todo esto unido a un gusto por el paisaje típicamente japonés, así como el sentido trágico innato, que espolvorean esta obra iniciática de muerte y desolación que, por otra parte, no deja ser parte de la vida, vida que telegrafía Murakami.
Un libro rico, un nuevo El guardián entre el centeno para este nuevo siglo.
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