Viaje al fin de la noche
Ferdinand, joven descreído, está tomando unas cervezas con los amigos discutiendo sobre lo divino y lo humano cuando un desfile de militares pasa por delante de su mesa en el café y éste, para impresionarlos, se marcha con ellos y se alista. En esto estalla la primera guerra mundial y, de pronto, se encuentra enmedio de un grotesco absurdo, una pesadilla de la que no pude despertar; pueblos abandonados, pueblerinos que se esconden y les racanean la comida a pesar que están luchando por ellos, la muerte acechando a cada obús que cae, los mandos que no saben lo que quieren... éste es el prometedor inicio de esta novela, que, como la mayoría de grandes novelas son muchas en una.
En este primer estadio el autor nos describe con maestría el absurdo de la guerra, el desconcierto, el abandono moral y físico que sufren los que combaten, el referente poco claro que representa el motivo político, nacional, en ellas, y como el instinto de supervivencia se agudiza hasta más no poder. Los paisajes son reflejos del alma del protagonista y, como tales, se suceden sin sentido. Ferdinand, el soldado, percibe lo que ve como una secuencia sin sentido, y así se nos presenta, jalonado eso sí, de un sentido lírico conmovedor y de una honestidad brutal, que cautivó a Bukowski entre otros.
La novela entra en una nueva etapa cuando el soldado es herido y, tras una convalecencia igual de carente de sentido en un hospital, con todos los elementos que por allí pululan, gente irremediablemente perdida en varios aspectos, decide embarcarse para Africa con el propósito de hacer fortuna en las colonias. Ya el viaje en barco es un anuncio que su epopeya no saldrá como él quiere. Toda la tripulación se une contra él hasta que se enteran que es un personaje ‘peligroso’ y lo dejan en paz. Una vez desembarcado, conoce a un francés que le da unos primeros consejos para aclimatarse allí, pero fracasa estrepitosamente y enferma hasta tal punto que debe regresar raudamente a París, donde se establece como médico en el extra-radio.
En este punto se inicia, de nuevo, otra novela. Una novela sórdida y urbana, deudora de la de Dickens, donde la miseria de la gente se respira, se palpa.
Después de esta etapa, se intala en las afueras de la ciudad, en un sanatorio, como enfermero, donde se enamora sin demasiada fortuna y coincide con un personaje con el que ha estado coincidiendo toda la novela, en la guerra, en África... Éste personaje, llamado Robinson, es un suerte de alter-ego del protagonista, una especie de gemelo si no maligno, sí febril, desbocado... al que no puede soportar pero tampoco vivir sin él...
Cabría esperar de una gran novela como ésta un gran final, un colofón digno de ella, pero no es el caso, simplemente, después de una sucesión de descripciones del alma del autor, mediante su extraño periplo, se diluye como el río que se pierde en la lejanía, contribuyendo a esta sensación de irrealidad de las que está impregnada por completo todas y cada una de las páginas de esta sorprendente novela, de lirismo analítico.
Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Cèline
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