Genji Monogatari

Orbatos

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Libros | , | Lunes, 18 de septiembre de 2006 11:35:22

Cuando hablamos de literatura clásica oriental, nuestra mente suele derivar a un clásico casi inmortal aunque poco conocido en occidente: Hsi-You Chi, más conocido aquí como Jornada al Oeste.
Pero cuando hablamos de Japón, podemos objetar que este libro no pertenece estrictamente a su literatura, porque aunque haya sido muy influyente y haya sido adaptado en multitud de ocasiones, hablamos en realidad de un libro chino del siglo XVI aunque se recopilara a partir de cuentos muy anteriores.
Para el profano, eso indica la falta de un clásico que Japón pueda reclamar como propio, lo cual no es cierto, ya que esta reseña pretende introduciros a un libro francamente sorprendente en muchos aspectos.

Genji Monogatari, o La Novela de Genji si lo preferís, es un libro singular en muchos aspectos, empezando por su antigüedad. Hablamos de una novela escrita en el periodo Heian que transcurrió entre los años 794 y 1.185 aproximadamente. En esa época la capital imperial se trasladó a la recién fundada Kyoto. Esta novela se escribió a finales del siglo XI, en la cúspide de la influencia china sobre la corte imperial japonesa, y también en el mismo período en el que se instauró el trono del crisantemo, formando la dinastía más antigua existente hoy en día.
Otra particularidad es el autor, o mejor dicho, la autora. Porque a pesar de su antigüedad, esta obra que cuenta con muchos admiradores y está considerada por muchos, incluyendo a premios Nobel de literatura, como una de las obras cumbre de la literatura universal y fue escrita en una época de machismo redomado por una mujer que respondía al nombre de Murasaki Shikibu. Fue además una época en la que se escribieron joyas como Los cuentos de Ise o antologías poéticas como la de Ono no Komachi. Además, Murasaki pertenecía a la familia Fujiwara, una familia que retuvo el poder durante más de 150 años maniobrando a base de matrimonios políticos sin interferir con el poder imperial, que se reducía a una presencia religiosa y ceremonial como luego detallaré.

Hablamos de una época en la que la cultura y las artes tuvieron su punto culminante. La nobleza de la época, menos de un uno por mil de la población gozaba de una cultura y educación esmeradísima. Un funcionario de la corte no podía tenerse por un hombre “como debe ser” si no dominaba la caligrafía, la música, la poesía y las complejas normas de la etiqueta cortesana. El propio protagonista de la novela, el príncipe Genji es un aventajado músico, un gran calígrafo, posee amplios conocimientos de poesía, pintura y domina a la perfección el protocolo de la época. Uno puede preguntarse cómo es posible que la nobleza, ocupada en todos estos pasatiempos y en empaparse de una cultura tan compleja y amplia tuviese tiempo de dedicarse a los asuntos de gobierno. La respuesta es sencilla… no lo hacían. De eso se encargaba la familia Fujiwara que ostentaba el poder real.

No esperéis en esta obra ver samuráis, ni geishas, ni grandes batallas con cientos de guerreros katana en mano, por la simple razón de que el período Heian fue un periodo de paz (exceptuando algunos encontronazos con las tribus Emishi a los que acabaron absorbiendo culturalmente y sus últimos momentos), la casta guerrera era virtualmente inexistente, e incluso el vestido, la comida y mil detalles que asociamos a la “cultura japonesa” no existían todavía. Desde ese punto de vista, Genji Monogatari es una obra que nos permite conocer en detalle muchas particularidades de la vida en ese tiempo, siempre que recordemos que la vida en la corte sólo era disfrutada por una minúscula parte de la población, siendo los demás meros siervos, monjes o funcionarios de provincias que eran despreciados como gente vulgar por la aristocracia.
Como ejemplo de sus costumbres, los hombres veían en muy raras ocasiones a mujeres de su propio rango. Cierto es que podían ver criadas y campesinas, pero para un noble de la época la mera idea de asociarse con esas “criaturas inferiores” era impensable. A las damas se las cortejaba mediante cartas y poemas exquisitamente elaborados, donde desde la caligrafía, los degradados de la tinta, el tipo de papel e incluso la forma en que se doblaba la carta eran importantes. Sólo tras ganarse la confianza de la dama se podía hablar directamente con ella, pero sin verla por supuesto, ya que un kicho o cortina impedía que la vieran directamente. Otro proceder habría parecido descarado e incluso escandaloso, aunque ni que decir que los ardores de algún que otro joven podían considerar a las cortinas como… simples cortinas, ya me entendéis.
Las mujeres salían en muy raras ocasiones. Cada mujer de elevada condición tenía sus propias criadas, azafatas y acompañantes. El cuerpo femenino como tal no era considerado importante por la nobleza de la época, considerándose en cambio atractivos un pelo muy largo y espeso, que normalmente llegaba hasta el suelo, una piel muy blanca y por supuesto su inteligencia, capacidad para componer poesía, caligrafía, etc…
La opulencia y el extraordinario lujo de la nobleza de la época llegaba incluso hasta sus jardines. Lo sorprendente es que una nobleza, más preocupada por discutir los méritos de las estaciones, por fabricar sus propios perfumes, por tocar instrumentos como el koto o la flauta y otras actividades culturales fuera capaz de sobrevivir durante tantos años. Las razones hay que encontrarlas sin duda en la familia Fujiwara que administraba realmente el país, en la creencia universal de la ascendencia divina del emperador y sobre todo en una ausencia total de enemigos externos.

Murasaki nos narra a lo largo de 54 rollos o “capítulos” de la que es considerada por muchos la “primera novela moderna” la vida del joven Genji al que por su belleza llaman “Hikaru Genji” o “Genji el resplandeciente”. Un joven emparentado con la familia imperial que a causa de su gran atractivo tiene muchos tropiezos amorosos a lo largo del libro. Esto le conlleva no pocos problemas, entre los que se incluye un destierro temporal (que para un noble de la época era terrible) a una zona costera, y su vuelta a la corte.
Genji, obsesionado por la búsqueda de la “mujer perfecta” conocerá a muchas mujeres, hasta que decide que lo que debe hacer es criar él mismo a esa mujer perfecta, lo cual hace adoptando a una niña a la que educa exquisitamente hasta que cuando ésta cumple los 14 años, cansado de esperar, la convierte en su esposa.
Su esposa que tiene el mismo nombre que la autora, Murasaki, le acompañará a lo largo de buena parte de la novela en forma de compañera fiel y perfecta. Genji aun encontrando a la mujer “perfecta” no por ello deja de conocer a otras mujeres, aunque hay que decir en su descargo que jamás abandona a su suerte a ninguna mujer que haya conocido.
Ni que decir, que esta obra ha sido adaptada a varios mangas, a animes, a películas, obras de teatro… demasiadas para intentar ni siquiera dar algunos nombres.
Extenderme más en el argumento sería posiblemente excesivo, así que pasaremos a otros detalles.

En el mercado español, hemos pasado de no tener ninguna edición de esta obra a disfrutar de dos ediciones. Ambas de mucha calidad aunque basadas en diferentes traducciones sobre el texto original, ya que el Genji Monogatari es una obra de difícil lectura incluso para los japoneses de hoy en día. Las ediciones españolas se basan en las traducciones que realizaron Arthur Waley y Royall Tyler, ambas obras de una gran erudición. No es exagerado decir que resulta dudable que hoy en día exista alguien capaz de traducir esta novela al castellano desde su versión original sin dedicarle años al estudio de la misma antes incluso de empezarla. Las razones son muchas, una de ellas es que la obra, escrita íntegramente en hiragana está llena según la costumbre de la época de referencias cultas a otras obras, y debo advertir que no es raro encontrarse con pequeños poemas a cada paso que damos. Los nombres de los personajes por otro lado raras veces son los de pila, sino que hacen referencia a su posición, rango y otras circunstancias. Así por ejemplo, la princesa Rokujo es la que vive en la sexta avenida (Roku=6) por poner sólo un pequeño ejemplo. Es frecuente que los nombres sean del estilo de “aquella que ama las glicinas” o “la aldea de las flores que caen” al referirse a Hanachirusato. Otro punto a tener en cuenta es la continua alusión a ceremonias, detalles y particularidades que deben ser aclaradas al lector, como los nombres de las horas, los nombres de plantas, la tradición poética de la época e incluso las múltiples supersticiones que les adornaban.
Las ediciones en ese sentido son muy completas, incluyendo multitud de apuntes y aclaraciones, así como notas a pie de página e incluso una guía con los nombres para no perdernos, ya que esta obra tiene literalmente decenas de personajes y se extiende a lo largo de varias generaciones.
¿Cuál de ambas ediciones recomiendo? Difícil elección. Según algunos la edición realizada a partir de la traducción de Royall Tyler aventaja en algunos aspectos a la otra, pero ambas gozan de una gran calidad.

Finalmente y para no extenderme demasiado, advertir a la gente que esta obra no es algo ligerito y sencillo. A pesar de ser una obra interesante, amena y apasionante no olvidemos que estamos hablando de una obra de gran extensión (dos volúmenes de casi 900 páginas) y que se trata de una obra escrita en una época para un público muy específico. A pesar de ello, las recomendaciones y las críticas de grandes escritores son simplemente impresionantes. Desde la de Jorge Luis Borges que la considera a la altura de El Quijote pero con mayor elegancia y complejidad, hasta la de Marguerite Yourcenar que la considera sin paliativos como “No se ha escrito nada mejor en ninguna literatura”.

No hablamos pues de una vulgar novelita, hablamos de una de las cumbres más altas de la literatura universal. Una obra que, sin embargo, sorprende por su fluidez, sus sentimientos, su sensibilidad exquisita y su sorprendente uso de recursos literarios que no se usaron en otros continentes hasta siglos más tarde.

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