Recuerdos del ayer (dirigida por Isao Takahata en 1991 para el estudio Ghibli), pertenece a ese escaso tipo de películas que uno puede ver muchas veces descubriendo aspectos inéditos, comprenderla mejor y quedar satisfecho de nuevo.

Pero sobre todo, es una obra personal y atípica, que navega peligrosamente entre las aguas del cine de imagen real y el de animación, lanzando guiños a ambos mundos sin detenerse claramente en ninguno de ellos. Quizás por ello, se trata de un filme de difícil catalogación, con todos los pros y contras derivados de este hecho. Especial y singular, posee un ritmo y lenguaje propios. Como veremos después, siendo un producto “para todos los públicos” no es, paradójicamente, una película para todos los públicos: es de corte intimista y costumbrista, sustentándose más en los diálogos que en la acción. Seremos testigos de cómo ciertos silencios y miradas hablan, o del momento en que una conversación da un giro y, en consecuencia, tácitamente se establece que determinada cuestión ha quedado zanjada.

El título original, Omohide poroporo, podría traducirse como “goteo de recuerdos”, pues poroporo es en japonés la onomatopeya empleada para describir el sonido al caer de un líquido que se derrama lentamente, como las lágrimas.

En Mangaes ya se reseñó esta cinta de la mano de Orbatos, y ahora vamos a referirnos a la edición española en DVD que nos ha traído Aurum, acompañando a otros títulos del estudio dentro de la línea “Studio Ghibli collection”.

El manga original homónimo que sirvió de inspiración para este anime, realizado por Hotaru Okamoto y Yuko Tone, también fue reseñado en esta misma web por Akhu y, en lo relativo a él, a su artículo me remito.

Lo que nos cuenta

Taeko Okajima es una chica de 27 años que en 1982 trabaja como office lady (oficinista) en una empresa de Tokio. Se toma unos días de vacaciones y viaja a un pueblecito de la prefectura rural de Yamagata. Antes y después del viaje, la acompañarán distintos recuerdos de su infancia a través de sucesivos flashbacks, e irá rememorando anécdotas de su vida en el colegio o con su familia de clase media, cuando tenía 11 años, en el Japón de 1966. Mientras, deberá encontrarse a sí misma y tomar decisiones que serán trascendentales para su futuro, pues pronto descubriremos que, en esta etapa de su existencia, ella tiene en mente su pasado mucho más de lo que sería normal.

Así, merced a la narración en paralelo desde el doble punto de vista de la protagonista en diferentes épocas, conoceremos su personalidad y carácter, cómo es su entorno, sus relaciones personales...

La familia está compuesta por un adusto y silente padre, la madre —hacendosa y responsable ama de casa—, la abuela —como ausente, pero con gran peso moral sobre todos ellos—, dos hermanas mayores (con la menor de las cuales tiende al rifirrafe) y ella misma.

Impera el realismo y la naturalidad de unos personajes que se comportan como lo que se supone que son: personas normales, con vidas corrientes.

Taeko de 1982 en su cuarto (Storyboard)

Ratón de campo, ratón de ciudad

El veterano director y cofundador del estudio Ghibli, Isao Takahata, optó por introducir en la narración a la Taeko adulta —la cual no aparecía en el manga— para que operase como hilo conductor de la trama, e incorporar con mayor naturalidad los mencionados flashbacks, de carácter episódico. Cuando esto ocurre, el coloreado de los fondos se diluye y predominan en la pantalla los tonos blanquecinos y desvaídos, ligeramente apastelados, como si revisitásemos las fotos contenidas en un antiguo álbum. El contraste con la riqueza y colorido del mundo de la Taeko de 27 años es notorio, sobre todo cuando llega a la aldea para ayudar a la familia de su cuñada en las labores agrícolas: hermosos paisajes, árboles y plantas feraces, brillantes flores...

Del mismo modo, el diseño de personajes se simplifica en las secuencias de recuerdos, empleando trazos de aspecto menos sofisticado (véase, a este respecto, el apartado 'Los extras').

En el campo, Taeko “vive más”, con mayor intensidad que en la ciudad; el grato ambiente y las labores agrícolas le proporcionan mucha satisfacción, y podría decirse que se traslada con menos frecuencia al pasado (o que los recuerdos no la asaltan tanto). En cambio, estar en la ciudad la hace sentir menos vital y no disfruta especialmente de su trabajo, por lo que revive su pasado en más ocasiones.

Hay muchos puntos de vista interesantes en torno a la contraposición de filosofías correspondientes a estos dos modelos de vida; la película puede entenderse asimismo como un canto a la sencillez de la vida rural.

Aspectos destacables

Resulta crucial en Recuerdos del ayer ese recrearse en el detalle, el matiz, la anécdota, las pequeñas vivencias cotidianas de personas normales, a modo de episodios (aspecto que está también presente en otro filme de Takahata, Mis vecinos los Yamada, aunque no tan bien arropado como aquí). Y es que, sea en casa o en el cole, todos hemos vivido durante nuestra infancia, de un modo u otro, las cosas que le suceden a la pequeña Taeko. Cosas que, quizás, permanezcan enterradas en la memoria hasta que se incite a su evocación.

Como es habitual en las películas del estudio Ghibli, asistimos a toda una lección de animación —rotundamente clásica en este caso— en cada uno de los gestos, expresiones y actitudes de los personajes. Además, Takahata verdaderamente ha mimado desde el primer momento la animación en esta obra, aportando discretamente tanta naturalidad y realismo, que podemos tardar en darnos cuenta de la exquisita y costosa labor realizada en este aspecto. Baste observar la pantalla de una calculadora en funcionamiento, la conducción y el interior del coche de Toshio (el joven agricultor que lleva a la protagonista por el campo), el proceso de corte de una piña a cuchillo, los movimientos (similares, pero ligeramente desfasados) de dos niñas haciendo gimnasia, los reflejos en los cristales, la ciudad tras la lluvia, los juegos de luces... Un plácido festín del detalle.

Mención aparte merece el dominio en el uso de la cámara multiplano tradicional, muy presente a lo largo del metraje, con esos fondos u objetos deslizándose suavemente a diferentes velocidades y niveles de profundidad, que se beneficia de la amplia experiencia acumulada por el director y su equipo en series y películas a lo largo de su carrera (recordemos tan sólo que Isao Takahata fue el director de las series Heidi y Marco, así como del largometraje La tumba de las luciérnagas).

Cierto tipo de sucesos llevan a Taeko al recuerdo de situaciones parecidas de su pasado, conectadas así con el presente mediante el empleo de diversos recursos cinematográficos (fundido encadenado, transiciones más o menos logradas, e incluso bellos y extraños momentos en los que los personajes de su infancia irrumpen en 1982 —en virtud de un poético “realismo mágico”—, aunque sólo puede verlos el espectador; sucede así, especialmente, en los títulos de crédito finales, apurando simultáneamente el desenlace hasta el final de la película, en contraste con la sobriedad minimalista de los títulos de crédito iniciales).

Igualmente es destacable el empleo de la música. Cuando aparece, lo hace integrada en la narración, casi siempre de manera discreta y efectiva. Sin embargo, en ciertas ocasiones, algunos temas brillan con luz propia llamando poderosamente nuestra atención. Se trata de una música tradicional campesina húngara, interpretada por el grupo Muzsikás y Marta Sebastyen. La combinación de esa música con la escenografía (los bucólicos paisajes del rural), crean una textura cinematográfica, una particularísima sensación de espacialidad, infrecuente no ya en el mundo de la animación sino en el cine en general; impresión que se ve potenciada por la planificación escogida para esas secuencias.

Ritmo

Para quien no sea capaz de meterse en la historia y empezar a disfrutarla, el ritmo puede ser lo más problemático del filme. Hay secuencias en las que se conversa sobre agricultura, lo que significa dedicarse al campo en Japón a principios de los años 80, o qué es eso de la nueva agricultura orgánica, por no hablar de la relación entre el ser humano y la naturaleza. Algunas escenas están rodadas casi a modo de documental, con explicaciones de las labores agrícolas y sus imponderables (por ejemplo, ilustrando el proceso de recolección y procesamiento de unas plantas para extraer tinte). El equilibrio entre la curiosidad que despiertan estos —sorprendentes por originales— temas y el tiempo de metraje que se les dedica, es delicado, siendo cada espectador quien resuelva la inclinación de la balanza en uno u otro sentido.

Desde otro punto de vista, todo esto sería asumido con mayor normalidad si ante nuestros ojos tuviésemos una película de “acción real”, cosa que da que pensar acerca de los límites inherentes a (o que esperamos encontrar en) un largometraje de animación. ¿Somos más ortodoxos de lo que creemos? ¿Asimilamos la información del mismo modo, al margen de la técnica de filmación empleada?

Narrativamente, apenas hay conflicto o tensión hasta el final del metraje. Estos se sustituyen por pequeños “nudos” argumentales correspondientes a cada uno de los recuerdos de la muchacha, como diminutos eslabones de la cadena a la que pertenecen: la psicología y vida de Taeko. Por tanto, a diferencia de tantos otros, el guión no emplea la amenaza para capturar nuestra atención. No me parece que esto sea, en sí mismo, algo bueno o malo. Es, seguramente, respetuoso con la esencia de la obra original, y valiente por parte del director. También podría traducirse en talento, pues si no se hace bien, muchos espectadores podrían “desconectarse” con facilidad, tanto más cuanto estamos, tal vez demasiado, acostumbrados a visualizar un cine muchas veces cimentado en la tensión, sincopado, frenético, plagado de conflictos fácilmente identificables y etiquetables o con personajes igualmente distinguibles y clasificables. Cuando todo es más impreciso, más difuminado (como sucede en Recuerdos del ayer), tendemos a sentirnos algo confusos.

Tokio, 1966. La protagonista y su madre pasean por la calle (Storyboard)

Psicología y sociedad

Comentábamos antes que Taeko vivía inmersa en sus recuerdos más de lo que sería normal. Parece estar postergando una serie de decisiones vitales cobijándose en la rememoración de episodios de su niñez. Su carácter jovial y despreocupado, levemente infantil, puede estar actuando en ese sentido. Ella misma se pregunta si no se encuentra en algún tipo de proceso de cambio, diciéndose: “Si el gusano no se convierte en crisálida, nunca será una mariposa”.

Buceando junto a Taeko en su infancia, la veremos descubrir e intentar gestionar sentimientos que, a esas edades, no sabemos reconocer ni expresar, lo que se traduce normalmente en confusión y comportamientos contradictorios. Es una gozada observar la reacción psicológica de los personajes ante las palabras pronunciadas por los demás (por ejemplo, en una escena cotidiana de cena familiar, pero en realidad sucede de modo constante a lo largo del metraje). Situaciones que van desembocando, paulatinamente, en conflictos entre la vida infantil y el mundo adulto (que a veces es injusto, o sólo lo parece), como nos ha pasado a todos de pequeños y a medida que crecíamos. Pues los mayores cambios, frecuentemente los más traumáticos, son invisibles y acontecen en nuestras mentes, dejando huella en nuestras personalidades.

De esos recuerdos pueden extraerse sabias máximas, reflejadas en los diálogos incidentalmente, casi siempre de modo indirecto. Así, veremos cómo conversaciones aparentemente triviales encierran útiles reflexiones y lecciones de vida (como la secuencia en que una de las hermanas mayores de Taeko intenta ayudarla con los ejercicios de matemáticas).

Al final, la conclusión podría ser esta: hay que dejar de vivir rememorando el pasado (que lleva a la inacción) y pasar a experimentar el presente con intensidad... haciendo uso, eso sí, de las experiencias acumuladas.

Pero Recuerdos del ayer también ofrece una lectura sociológica, al mostrarnos aspectos bien definidos de su idiosincrasia en un entorno realista. Podemos hacernos una idea de cómo era un colegio nipón de los años 60 (en algunos aspectos, parecido a nuestro modelo actual, y en otros muchos, bien diferente: organización, mentalidad y sentido de la responsabilidad comunitarios, participación y autogestión del alumnado en ciertos asuntos...).

No falta la pincelada que refleja el sufrimiento y recomposición de la nación japonesa, veinte años después de la derrota sufrida en la Segunda Guerra Mundial, inferida a través del carácter de los padres y abuela de Taeko, o de la historia de un compañero de clase, cuya familia padecía una crítica situación económica. Todos ellos dejan traslucir su actitud y filosofía de vida, de acuerdo a su edad y situación.

Del mismo modo, las relaciones entre padres e hijos revelan los desfases entre generaciones, dificultando el entendimiento, debido a las diferentes experiencias vividas (por mor de la brecha de edad, en combinación con los acontecimientos históricos) y a las variaciones en los acervos culturales absorbidos en un mundo rápidamente cambiante.

Igualmente, se retratan las calles de la ciudad (también del Tokio de 1982), mostrándosenos facetas de la misma, así como una visión cálida de objetos de antaño que han desaparecido o resultaron reemplazados con el paso del tiempo...

Contiene también esta película muchas referencias propias de la cultura japonesa y del folclore local, algunas no tan habituales en otros mangas o animes, tales como antiguas series de televisión, canciones, actrices y actores de la época, etc; una especie de equivalente a nuestro Torrebruno, los payasos de la tele, Los chiripitifláuticos (estos son antiguos de verdad) o La bola de cristal.

Por ejemplo, el típico corazoncito atravesado por una flecha que, acompañado por los nombres de los enamorados, suele pintarse por estos pagos, es sustituido en la película por los trazos simbólicos de un paraguas, bajo el cual son escritos dichos nombres (¡y el aula a la que pertenece cada uno, para que no haya malentendidos!). Este símbolo es llamado Ai Ai Gasa, algo así como “Paraguas de los amores”.

Otros aspectos

Cabe subrayar, desde luego, el alto grado de profesionalidad demostrado en la realización de doblajes de anime al castellano (tanto en las voces y labor de dirección de doblaje, como en la seriedad que la calidad exige a los responsables de producción), cuyo resultado se traduce en un respeto mucho mayor al material original. Es de suponer que la consolidación del anime en el mercado con el paso del tiempo, el aumento en la calidad de los materiales y la experiencia labrada, han sido también decisivos para alcanzar la buena situación actual.

Por tanto, el doblaje al castellano es, como resulta ya habitual, más que correcto, aunque inevitablemente siempre se pierdan matices. Es recomendable visionar la cinta, al menos una vez, en versión original subtitulada.

Curiosamente, los subtítulos en castellano no son tan correctos como en otros títulos de la colección, al presentar un inconveniente puntual: de modo ocasional, aparecen en pantalla demasiado brevemente como para poder leerlos con comodidad.

En cuanto a los menús del DVD, son muy sencillos —tal vez demasiado— y carentes de música o sonido.

Es increíble y preocupante que Recuerdos del ayer haya tardado casi 20 años en llegar a España, y una lástima que mundialmente no haya conocido tanta repercusión y reconocimiento como parece merecer; aunque puede que, precisamente, las “dificultades” que se han ido desgranando a lo largo del texto hayan contribuido a que acumulase números para ello.

Los extras

Son los siguientes: Storyboard completo de la película con multiángulo (para seleccionar, al vuelo, entre la película como tal y los stories pertenecientes a cada secuencia), tráilers originales (siete minutos y medio en total) y el documental “Cómo se hizo Recuerdos del ayer”, de 46 minutos de duración, que afortunadamente es estupendo: uno de los mejores y más interesantes extras que he visto relacionados con Ghibli, exceptuando tal vez algunos sobre La princesa Mononoke.

En él encontraremos un repaso a las carreras de Takahata y Hayao Miyazaki (y a su etapa como reivindicativos sindicalistas), declaraciones del personal de Ghibli sobre la película y el director, podremos dar un paseo por los departamentos de producción del filme (fotografía, edición, doblaje, coloreado, animación...). También seremos testigos de las dificultades que, por razón de tiempo, presupuesto y personal, afronta el estudio —frecuentes en este tipo de trabajos—; veremos cómo el productor, Toshio Suzuki, solicita ayuda a otro estudio para poder cumplir los plazos; las explicaciones que han de dar los responsables del proyecto en una reunión de control y, en definitiva, el agotador y extenuante trabajo que hace mella en todos, con mayor intensidad cuanto más se acerca la fecha límite del estreno.

Habrá, por supuesto, momentos para el asueto, como una fiesta del personal donde incluso oiremos cantar a un animado Miyazaki.

Se hace hincapié en el diseño de personajes (sobre todo, de los dos adultos principales) y en la labor de doblaje de los seiyuu. Estos dos aspectos suelen estar relacionados, y en este caso de un modo especial. Takahata decidió apostar por un diseño de personajes inusual, puede que vinculado a la nobleza inherente a ellos, en los que sería determinante la expresión facial realista, con los pómulos marcados y otras peculiaridades. Fue una decisión polémica y sorprendió a los propios actores de doblaje, tratándose de una de las señas distintivas más notables de la obra. También estuvo el director extraordinariamente atento a la forma de hablar y acentos empleados por los seiyuu, considerando que gran parte de la acción se desarrolla en una zona rural, con las peculiaridades fonéticas que ello supone.

Incluso se nos muestra cómo Miyazaki imparte un taller a un grupo de jóvenes talentos del dibujo y la animación, explicando la forma correcta de plasmar sobre el papel una escena ficticia que versa sobre personas comiendo a la mesa, y señalando el porqué de algunos fallos.

Por tanto, sólo podemos calificar a este extra como de excelente y muy completo.

Momento "recibimiento entre el cártamo" (Storyboard)

O sea...

¿Película lenta o confusa para una parte del público? Puede que sí. También delicada, vitalista y con un fino sentido del humor. En la modesta opinión de este redactor, estamos ante una de las mejores del estudio Ghibli (lo que, lo sé, supone decir mucho). Hemos visto que, con esta rara avis, el veterano director apuesta y asume riesgos, al tiempo que dota a su obra de una gran impronta personal.

Hayao Miyazaki comenta en el extra: “Takahata es el único capaz de hacer una película tipo 'puzzle'. Yo no soy tan habilidoso” (…) “Me da mucha rabia lo bien que lo hace. Es de los pocos que lo consigue”.

Una lección magistral de animación y dirección con estilo propio. Si esta película no es una obra maestra, desde mi punto de vista se le acerca peligrosamente.

Ficha técnica

Título: Recuerdos del ayer (Omohide poroporo) DVD
Director: Isao Takahata
Producción: Estudio Ghibli
Música: Katsu Hoshi
Distribuidora: Aurum
Duración: 119 minutos
Audio: Castellano y japonés 2.0 Surround
Subtítulos: Castellano
Formato de pantalla: 16:9
Formato de imagen: 1:1,85
DVD: 9 (7,31 Gigabytes)

A la venta desde: 5 de mayo de 2010.

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