El asombroso cabeza de tornillo y otros objetos extraños
Autor: Mike Mignola
Edición original: Dark Horse, 2002
Edición española: Norma Editorial, 2011
Formato: Cartoné
Tamaño: 17x26
Páginas: 104
Color: Color
ISBN: 978-84-679-0507-6
PVP: 16,00 €
Mike Mignola. Mejor velocista que corredor de fondo.
Confieso que me aburre mortalmente el Hellboy de los relatos épicos, el que persigue conspiraciones nazis y milenarios fenómenos paranormales. Mike Mignola, uno de los mejores artistas del comic, tiene muchas virtudes pero no es un escritor de largas distancias. Sus tramas terminan cayendo en la acción sin sentido propia de cierto cine de Hollywood: hagan lo hagan los protagonistas, algún coche explotará y saltará por los aires. Los personajes de Mignola en las historias épicas de Hellboy resultan planos, los rivales son tan maléficos como previsibles, una simple excusa para plantear peleas espectaculares.
En su faceta de guionista es particularmente desordenado; no trata de ocultar que plasma sus ideas con bastante poca planificación. Ese defecto se convierte en virtud en los relatos cortos, auténticas explosiones de creatividad por las que Mignola ha recibido, probablemente, menos crédito del que se merece. Cuando se ciñe a la anécdota, que no exige profundidad psicológica ni narrativas complejas, su talento es inagotable. En la distancia corta, en el sprint, Mike Mignola se muestra como un auténtico genio.
En este sentido Mignola podría recordar a Mark Twain, un escritor magnífico opacado por la fama de Hukleberry Finn, que ha hecho olvidar, en parte al menos, su maestría en el género breve. Los relatos cortos de Mark Twain no son piezas de relojería como las de Chejov o Poe, sino estallidos de talento a duras penas controlados. Como Mignola, Mark Twain da rienda suelta a su cinismo e ironía en los relatos cortos. Comparten ambos autores, además, cierta afición por títulos estrambóticos y humorísticos. Títulos de Mignola como El asombroso cabeza de tornillo o El ataúd encadenado recuerdan el estilo del Twain de La célebre rana saltadora del condado de Calavera o de Canibalismo en los vagones del tren.
Cabeza de tornillo
Uno de los mejores relatos cortos de la historia del comic sirve como excusa para publicar esta colección de cuentos de Mike Mignola, editados en España por Norma. El asombroso cabeza de tornillo se ha convertido en una leyenda del comic. Ganador de un premio Eisner en 2003, quizá la mayor prueba de su fama es que se planeó su adaptación para fundamentar una serie de dibujos animados. Parece que al canal por cable Sci-Fi Channel no terminó por convencerle el proyecto, pero nos queda el testimonio de un episodio piloto que basta para poner los dientes largos a cualquier seguidor de Mignola.

Poco se puede añadir a todo lo que se ha escrito sobre El asombroso cabeza de tornillo. Su fama es más que merecida. Parece ser que Mike Mignola lo concibió como un simple divertimento privado, y no estaba seguro de que al gran público pudiera interesarle una historia con ambientación steampunk llena de zombies, vampiros, y de cualquier cosa extraña que le apeteciese incluir.
Cabeza de tornillo es un robot que trabaja como agente secreto al servicio del presidente Abraham Lincoln, y se enfrenta a su archienemigo, el Emperador Zombie. Semejante premisa, en manos de Mike Mignola, no podía fallar. Dos aspectos a destacar. La historia es divertida por lo extraño y lo caótico, pero no cae en el tono irreverente de la parodia, sino más bien en el homenaje cariñoso. Mignola no se ríe del género de acción victoriana, sino que lo trata con cariño y conocimiento de causa. Por otra parte, Cabeza de tornillo tiene el mejor final de la historia del comic. Y punto. Quién lo haya leído lo sabe.
Lamentablemente, el resto de historias que componen este tomo no están a la altura. Mignola escribió varios cuentos para acompañar a Cabeza de tornillo y justificar una recopilación, sin ningún hilo temático en común, salvo la voluntad de estilo. Ninguna de las historias alcanza grandes vuelos salvo, quizá, El Mago y la Serpiente, inspirada en una creación de su hija de siete años; tiene cierta gracia por la delicadeza con la que se trata lo absurdo. No obstante, el nivel general de los relatos que componen el tomo es demasiado endeble y eso baja la consideración que merece la obra en su conjunto.

Mucho más que un gran entintador
El estilo que ha hecho famoso a Mignola se basa en su dominio de la tinta y en su manejo de las masas de blanco y negro, por no mencionar su composición de página, siempre acorde con el ritmo y la necesidad narrativa de la acción. Es relativamente fácil confundir al artista con su estilo, pero las ilustraciones a lápiz que se incluyen en las páginas adicionales de este tomo nos recuerdan que Mignola es mucho más que claro-oscuros y líneas bruscas. Al contrario, sus lápices son extremadamente limpios, detallistas e, incluso, de cierto sabor clásico. La fuerza del arte de Mignola se aprecia aún mejor si se tiene en cuenta que su tinta no compensa ninguna deficiencia del dibujo de base, sino que lo realza y llena de personalidad. Es una suerte que Norma Editorial haya tenido el buen gusto de mantener las páginas con ilustraciones; se incluye además, alguna explicación de Mignola al respecto de las historias que componen la recopilación.



